Una sombra para la siesta

Bajo el ala del sombrero, es posible. A veces es suficiente. En cualquier descuido del sol, cualquier ser vivo busca su hueco. Sólo hay que dejarse llevar, porque el aire sopla, entornar los ojos, sonreír y aprender a moverse con la línea de sombra, sin emplear mucho la conciencia.

Sólo enseñar al cuerpo a mantenerse en la estrecha franja que evita al sol. Así se hace una siesta.

Si hay suerte bajo el olivo, la parra o la buganvilla y si no, en cualquier hueco que se haya dejado la implacable luz de mitad del día.

Pega la silla en el sitio estratégico donde se cruza el viento.

O siéntate en la arena, muy pegado a la pared de roca del acantilado, dejándote mecer por el ruido del mar.

Busca una sombra para la siesta. Párate. Hasta el siguiente café.

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