χαλαρα. ¿Qué prisa tienes?

Si da tiempo a todo.  ¿Qué prisa tienes?.

Antes de cenar se sientan en el patio, bajo la buganvilla o la parra, se plantan el barreño en el regazo y limpian las judías. O la blita. Se hace entre dos, claro. Hablando tranquilos con la mirada que baila alternativamente en el cuchillo, en el gato que pasa por la puerta, en los ojos (para escuchar mejor),  en el cielo, en las manos, en las plantas que necesitan algo de agua. En la nube que a veces aparece sólo para adornar. En las hojas que se mueven en el suave aire de las últimas horas de la tarde.

Se hace una a una. A un ritmo constante pero tranquilo.

Tranquilo.

Antes de recogerte para ir a navegar, el pescador amarra la barca. Se sienta en proa, a la sombra, y observa despacio las rocas que conoce de memoria, los tonos del mar que son su casa, las caras de quiénes le miran desde la arena, al fondo, limpísimo, el cielo. Prepara mientras, con las manos, al tiempo que viaja la mirada, un cigarro.

Al suave ritmo de un mar siempre en calma.

Calma.

La brisa de última hora de la tarde agita las hojas del borde un poco doblado ya del libro que viaja contigo y que se ha quedado olvidado en la mesa, junto al café y el vaso de agua, mientras te has quedado perdido, por minutos, horas, quién sabe, mirando los infinitos azules del mar.

La vida mientras pasa. En su estado natural.

La madrugada avanza, serena, alrededor de la mesa en la que te has quedado hablando, bebiendo raki, después de cenar.

Que sí, que es posible, que quizás sea la manera más natural de ser.

 

 

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